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Osorio deja ver posible alineación
SAN ANTONIO -- Los agravantes ahí quedan, brutalmente silenciosas: rotaciones, altibajos, sin estilo definido, fracaso en dos torneos relevantes (Copa América Centenario y Copa Confederaciones), anodino, etcétera, pero, el tipo trabaja. Sin duda, trabaja.

Sábado 7:15 a.m. San Antonio ya transpira. Silenciosa, pulcra, con la modorra sabatina de los 80 grados Farenheit en el momento, la Universidad Trinity aguarda a la troupé de la Selección Mexicana.

Esta, la del domingo, en el Alamodome, será la última parada en fase de grupos. Destinos aún ocultos.

Primero la avanzada. Una camioneta. Los utileros comienzan la dura faena, con uno de los encargados de seguridad del Tri. Para entonces una decena de medios ya montó sus maniquís de tres patas con multigigas de memoria para grabar escenas.

Los camarógrafos recrean en su imaginación una escenografía de Copa del Mundo. Mientras reporteros y productores discuten el menú del desayuno. A ganarse el pan con el sudor de frentes ajenas.

Rápidamente, los utileros trasladan el equipaje con zapatos, bebidas, casacas, balones desde la vereda a la cancha de juego. Transpiran, pero no emiten sonidos de queja. Sólo indicaciones. Los artistas del orden y los pequeños detalles. La logística perfecta.

Minutos después llega la Selección Mexicana. Descienden en silencio. Inusual el horario, especialmente para futbolistas que no duermen, sino que hibernan, como un reclamo del organismo. Alguno incluso se quita el rezago pegajoso de los ojos, esa lagaña necia.

Mientras los jugadores se mueven, un hombre se aleja del grupo. La cachucha le cubre el rostro con esa barba tan desordenada como a veces se manifiesta su equipo en la cancha. Pasos rápidos, con los conos naranjas en las manos.

Colombiano al fin y al cabo, preocupado por las formas y la educación, muestra su gesto natural, que contrasta con aquellas actitudes ante Nueva Zelanda y Portugal: caballerosamente se acerca al personal de la Universidad Trinity. Saluda y agradece.

Y vuelve a sus quehaceres, esos, que otros técnicos delegan a sus auxiliares. Pero él lleva aún el ADN del que comenzó como preparador físico. Él sabe lo que quiere. Pone sus reglas.

Acomoda la primera pirámide de plástico en el césped. Minuciosamente cuenta los pasos antes de depositar el siguiente cono sobre el pasto. Y de nuevo, cuenta, y se agacha. Marca las fronteras del peloteo, mientras los porteros ya trabajan aparte y el resto juega al torito.

Después de montar su corredor imaginario, al colocar más de media decena de señalamientos, se inclina, como si fuera un ingeniero, y con un teodolito imaginario observa que el trazado del espacio fuera perfecto. Parecería que quisiera irrumpir con una carretera entre el silenciosamente sagrado recinto cultural y educativo.

Pone los brazos en jarras, asiente y regresa al grupo de los jugadores. Los camarógrafos no pierden detalle. Productores y reporteros siguen eligiendo el menú del desayuno, con harto café, claro.

Define equipos. Unos con casaca naranja y otros con la camiseta verde. Interesante. ¿Fraga, Chaka, Pereyra, Marín y Reyes, con Álvarez delante de ellos?

Para entonces, los reporteros se olvidan de los chilaquiles y el menudo, y empiezan a especular. ¿Dueñas, Orbelín y el Burrito? ¿Pizarro seguirá perdido donde no sabe, o no quiere o no puede jugar? Él saca sus piezas de la bodega. El simulacro de partida comienza.

"Pueden quedarse a ver esta parte del entrenamiento", grita él al jefe de prensa del Tri, Israel Márquez, quien asiente. Se iluminan los ojos de los representantes de una decena de medios.

El preparador físico Jorge Ríos se olvida de la innata caballerosidad del colombiano e increpa: "¡Eeeeh! ¿Quién les permitió grabar esto, el Profe?". Le explican que sí. Refunfuña. Se entera Ríos que tiene un bastón de mando... sin el mando.

Los camarógrafos persiguen el balón y los jugadores. Los reporteros hacen apuestas. Tahúres fallidos, seguramente. En todos los años de técnico, nadie, a este entrenador, le ha acertado una formación antes de un partido.

Raciocinio, estudio, características del rival, pálpitos, sueños, pesadillas y hasta un gesto del jugador saliendo del elevador, y tal vez hasta el horóscopo, pueden determinar de último momento el armado del equipo. Rotaciones.

En una franja angosta en media cancha, se amontona la veintena de jugadores. Dirige cada detalle. Entrega la pelota a los verdes y empiezan a circular la más codiciada gordita del mundo.

Intensifica la trayectoria caprichosa del balón. Batalla entre los guardaespaldas de la pelota y los acosadores de ella.

"Vaya, entregue rápido", grita lo más cerca que puede del que titubeó más de un segundo. En esa eternidad de un segundo, aparece un chileno o un alemán, y ¡kaput!.

"Vamos, cambien de lado, ya jugaron mucho por ahí, dele la vuelta", exige mientras enfila su cuerpo hacia la banda derecha.

Cuenta entonces él del uno al cuatro. "Vayan naranjas, vayan casacas, recuperen ese balón, presionen", y los invocados muerden a los verdes, quienes se apresuran a poner a salvo a la doncella de piel.

Da una pausa, y reanuda. "Acérquese, ayude, y usted entregue rápido", y eventualmente recomienda al domicilio móvil: "Allá a...", en dinámica de movimientos cortos en esa franja delineada por los conos.

Los gritos son constantes. Se acerca, gesticula, se inclina, se acuclilla, exige rapidez, se desespera, manotea, se contiene...

La invitación a la solemnidad matutina y sabatina de la Universidad de Trinity, era por quince minutos. Se tardaban más los camarógrafos en montar sus vigías ópticos que en ser echados, y además, no alcanzaba el tiempo para decidir el desayuno en ese cónclave entre productores y reporteros.

Porque, más vale perder al Tri que perder una tripa, ¡caray!

Pero esta vez fue distinto, y siempre es útil a los medios escrudiñar más allá de las obviedades del torito, las elongaciones o la pereza del estiramiento de algunos.

Súbitamente tras una seña, la función ha terminado. El telón ha caído, los medios deben salir de la zona de observación. "Muchas gracias (por venir)", dicen sin mucha convicción, los integrantes del equipo de comunicación del Tri.

Los camarógrafos cargan con el registro del día, los fotógrafos con tomas aspirantes a portada, mientras los productores interrogan para saber si se hizo el trabajo que ellos querían, pero nunca pidieron.

¿Los reporteros? Salen con más dudas sobre la alineación de México ante Curazao que para el menú inmediato del desayuno. Lo que sea, pero, con harto chile.

Él, sí, Juan Carlos Osorio, empieza a dar indicaciones, retoma casacas, arma otras parejas en el baile de su laboratorio. La temperatura va subiendo en San Antonio.

Sí, más allá de todas las agravantes con las que carga su equipo, incluyendo un sabor amargo en esta Copa Oro, Juan Carlos Osorio trabaja, sin duda, pero, como ya se sabe, en esa frase inmortal del inmortal Carlos Miloc: "El técnico es hijo de los resultados", y no necesariamente de aquellos de la Copa Oro o de las eliminatorias mundialistas.

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DENVER -- Amoral de nacimiento, inmoral de oficio, aparece una FIFA moralista.

Engendro de pecados y pecadores, engendradora de pecadores y pecados, la FIFA emerge, ahora, como una precursora de la beatitud en las tribunas del futbol mundial. El diablo se da baños de pureza.

Por decenios, Cueva de Alí Babá y los 140 -sí, 140-- ladrones, la FIFA nació, creció y se multiplicó como una de las empresas en la clandestinidad perfecta del crimen, y con el mayor poder universal e insaciable en riqueza y contubernio.

Sin embargo, Atila y los Hunos de Zurich, ahora pretenden reivindicarse, ahora pretenden lavar su cara más preocupados por las voces incestuosas de la tribuna, antes que por los hechos genuinamente reivindicadores en cancha. Asesinemos, pero con puñales esterilizados.

Hoy la FIFA persigue los gritos, los alaridos, las provocaciones, los insultos inocuos, los acosos inofensivos, mientras las octópodas mafias de apostadores, el amaño de partidos, el abuso de futbolistas, el dopaje, los promotores, el tráfico de futbolistas menores, siguen enquistados en los rincones oscuros de su conciencia y de las canchas de futbol.

Hoy, la FIFA se pinta las uñas no por pulcritud, ni coquetería, sino para ocultar la mugre acumulada. La empresa que alguna vez fue el epítome de la criminalidad lucrando del futbol, ahora pretende ser la Madre Teresa de la ética deportiva. Más papista que el Papa.

¿Alguien puede creer que la FIFA ha cambiado cuando no ha cambiado siquiera los nombres de quienes sabían, porque sabían, lo que ocurría bajo el circo ilimitado de tropelías de Joseph Blatter?

Y FIFA persigue a México. No a su futbol, no a las violaciones flagrantes que perpetra la FMF (Multipropiedad, Pacto de Caballeros, Tianguis de Futbolistas, etc...), sino estrictamente a la manifestación de sus aficionados. Toleran al gánster, pero le lavan la boca con lejía...

Y estos apóstoles oscuros de la doble moral en FIFA, como genuinos sepulcros blanqueados, debían enterarse de algunos detalles sobre ese grito que cae en cascada desde la tribuna, y que moralista y santurronamente hipócrita, decidió tildarlo de homofóbico...

1.- Algunos grupos activistas pro defensa de los derechos de la comunidad gay en México e internacionales han testimoniado que no se sienten ni aludidos, ni castigados, ni insultados, ni reprimidos, ni segregados por ese alarido contra el portero adversario...

2.- Miembros de esos grupos activistas de tenaz lucha, aseguran que van a los estadios y no les incomoda sumarse al coro, porque entienden que en México, para los mexicanos, no hay una obsesión homofóbica, sino folklórica...

3.- Y debe saber FIFA que el mexicano no embiste a un género, sino a la crisis social, económica y de justicia en la que vive. Un fenómeno de compensación...

4.- El grito que se germina en la tribuna, no embiste al arquero adversario, sino, lo dicen ellos mismos, viaja hasta a Los Pinos, habite quien habite ahí...

5.- FIFA debe entender que el estallido en cada despeje del guardameta no tiene ninguna pretensión de mancillar su personalidad, sino es, eventualmente, una circunstancia de catarsis, de desahogo, de emancipación, de redención hacia la opresión como el pan suyo de cada día...

6.- FIFA podría, si quisiera entender, que a cada tipo en la tribuna que saca lumbre de los pulmones, le importa un cacahuate la elección sexual del arquero y su vida privada, sino simple y llanamente pretende, burda y vulgarmente, tratar de desconcertar al adversario, y agregar una coreografía, perfectamente cómica al entarimado de la diversión...

7.- FIFA debería entender que esos, los peregrinos inofensivos de la tribuna, no ensucian el futbol, como todos los antecesores de sus escritorios en Suiza, con licencias cínicas en puestos corrupción, malbaratando favores y sedes mundialistas, a cambio de fiestas, obsequios millonarios y mujeres de la vida galante...

8.- Y en un careo con el espejo de su propia ralea putrefacta, FIFA comprendería si quisiera, que ella, precisamente ella, es la que más le ha hurtado, la que más le ha robado, la que más ha despojado en su historia, ella, precisamente, al futbol mismo, que el bufido procaz, censurable, poco ejemplar, pero inocuo de los aficionados...

9.- Y FIFA entendería que habiendo tenido las manos emplastadas de crímenes, ensangrentadas, pretende, ahora, culpar del muerto al dentista simplemente porque no le curó una caries.

Cierto que el grito, en sí, es de mal gusto. ¿Cuántos de quienes lo emiten lo usan en la mesa familiar o en la charla afectuosa con sus hijos?

Cierto que en una cultura como la mexicana, llena de chispa, de picardía, de gozo alburero, de una intelectualidad dicharachera, debería de ser capaz de encontrar una manera más creativa de vilipendiar al contrario o de engrandecer a sus propios jugadores.

Cierto que la misma FMF se equivoca. Le preocupa ese daño colateral que provocará la afición de su selección nacional, pero, hipócritamente no se atreve a combatir ese grito de raíz en sus propios estadios. La meretriz se viste de mona...

Cierto que la FMF es el principal cómplice, porque en ese ejercicio de la doble moral, comienza campañas timoratas, blandengues, inconclusas, en las que hace como que quiere poner fin a ese grito, cuando, si se lo propusiera, podría encontrar verdaderas soluciones y no jugar al Judas de sus propios miedos.

Pero más allá de que el pasado, el presente y el futuro impune de la FMF confirman que es un fiel reflejo de la feligresía universal de FIFA, la afición no es parte de ese hampa impune e inmune.

El grito de acuñación mexicana desaparecerá en su momento de la tribuna. De eso puede estar segura la FIFA.

Ese rugido desaparecerá exactamente un día después de que en esa afanosa búsqueda de justicia de los castos y puros dirigentes de FIFA, ellos mismos pongan en el banquillo de los acusados a Havelange (RIP), a Blatter, a Platini, a Valcke... y a uno que otro desentendido de la Concacaf.

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